UN MUNDO DE PUERTAS ABIERTAS

Por José Antonio Martínez-Abarca. Fotografías: Ana Bernal.
Parece mentira recordarlo hoy, pero hace dos días desapareció España. No desapareció el Gobierno. Desapareció el país. De pronto, y como dijo Pedro García Cuartango en el ABC, en uno de sus siempre melancólicos artículos, ya no era posible morirse en España. Te morías pero no te hacían un entierro, sino que, sencillamente, desaparecías. Incluso de la memoria, porque no se permitían seres queridos en el trance. No tenías derecho ni a que te sacaran una foto del ataúd en los medios. Te quedabas sin trabajo pero no te quedabas en el paro. Te quedabas en el limbo. Ibas a cobrar la prestación y te decían vuelva usted en una vida mejor que ésta.

Las instituciones e instancias a las que se acude desesperado cuando todo lo demás falla estaban todas cerradas, hasta las Iglesias. Dios no estaba de vacaciones o silente, como casi siempre, sino semiconfinado allá en el Cielo. Lo único que permaneció abierto y con excelente vigor fue la policía de los balcones, en la excelente tradición española de la delación entre vecinos.

Las instrucciones de las autoridades centrales, aunque no las hubiera, cambiaban por horas. El ejército te podía detener por la calle por cosas por las que la policía te hubiese aplaudido el día anterior. Se veía mal el uso de las mascarillas, eran consideradas disolventes contra el Nuevo Orden y la Nueva Anormalidad, y además no servían para nada. No servían para nada y eran un poco fachas porque no las había. Se conseguían por enchufe, de matute, había un tráfico subterráneo de ellas como el estraperlo en la postguerra civil. Los ministros competían por demostrar, con éxito, que los ciudadanos carecían de una memoria que se extendiera más allá de los tres segundos, como los peces. Por la mañana se contradecían en cosas que hacía unos minutos, de madrugada, se habían adelantado en el tiempo para desmentir.


El Casino es más icónico que nunca y un símbolo de resistencia ciudadana y humanitaria pertenecer a él


El Real Casino de Murcia permanecía cerrado, como cualquier templo. Pero dentro, y es lo que no sabíamos, permanecía ese espíritu que permite a las sociedades sobrevivir y continuar incluso bajo las peores circunstancias. Las pasadas Navidades, gracias a la iniciativa del Presidente del Real Casino, cualquiera pudo visitar con libertad este templo, icono de una ciudad, aunque no sea socio, porque se ha entendido perfectamente que la desaparición del mundo que conocíamos ha cambiado sus presupuestos de partida. Los clubs exclusivos ya son de nuevo clubs exclusivos, sí, pero para la Humanidad. Nadie pierde sus privilegios por pagar una cuota, sino que los mantiene y adquiere otros nuevos. Se ha ensanchado su prestigio. El Casino es más icónico que nunca y un símbolo de resistencia ciudadana y humanitaria pertenecer a él.

El mundo ha permanecido cerrado demasiado tiempo como para no abrir a todos lo que antes era privativo. No se trata de una iniciativa turística, sino de una iniciativa moral. El Real Casino siempre ha sido un ente vivo, no un mero inmueble. Los entes vivos crean sus propias defensas en circunstancias hostiles. Por eso el Casino ha permanecido por encima de cualquier cosa, durante tanto tiempo. Escribí una vez, y perdón por la autocita, que cuando se inauguró el Casino de Murcia aún andaba escribiendo poemas románticos a una tal señorita Annabel Lee un escritor norteamericano llamado Edgar Allan Poe, lo que daba idea de la de cosas y desastres que habían sucedido a partir de entonces. Pero estoy seguro de que el Casino, de haber cumplido sus primeros diez siglos de edad, seguiría hoy, porque, como en la fe, lo que continúa es el alma del lugar (es lo que explica también que la primera piedra de San Pedro aún continúe, dos mil años después, porque hay algo que protege ese origen, incluso cuando parecía imposible).


El mundo ha permanecido cerrado demasiado tiempo como para no abrir a todos lo que antes era privativo


El Casino, que poco a poco se va conviertiendo en legendario aunque no lo advirtamos, ha pasado a través de ruinas económicas, desmoronamientos -a veces con los socios dentro-, guerras civiles, desmantelamientos del urbanismo tradicional de la ciudad, hundimientos por descensos del nivel freático, cambios de costumbres o pandemias, no sólo la del covid 19. Y se ha abierto a aquellos visitantes que deseen intuir la razón de todo ello, paseando por sus venerables estancias. Lo que los nuevos visitantes advierten, al entrar por primera vez, es que no encuentran un museo paralizado del tiempo, sino, como digo, un organismo vivo y adaptable, y triunfante, a cada circunstancia, tras cada devastación social.

Hace mucho que el Real Casino no es una curiosidad histórica porque no lo ha sido nunca. Es lo más cercano a las tertulias de la antigua Grecia que existe en Occidente, mucho más que los clubs británicos donde sólo se admiten socios y que, fieles al espíritu práctico anglosajón, se refieren a los socios existentes o a los que podrían serlo (en definitiva, cualquiera que sepa comportarse).

El Real Casino termina así, con la decisión de abrirlo al público en general la pasada Navidad, su pasadizo invisible que lo une a la Catedral de Murcia. Gentes de cualquier parte pueden acudir a un admirado lugar de culto. El Real Casino de Murcia, siendo propiedad de sus socios, es también patrimonio mundial hacia tiempo, pero hasta ahora no lo sabíamos.


Ana Bernal.

José A. Martínez-Abarca.

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