MI TÍO «PITIBA»

CONTRA CASI TODO. Por José Antonio Martínez-Abarca.
Roberto Martínez-Abarca Ruiz-Funes fue mi tío paterno y un fiscal con fama de «halcón». Algún otro de sus hermanos, por contra, pasaba por fiscal «paloma». El cumplimiento de la letra y el espíritu de la Ley fue exactamente el mismo. Un día me paró por la calle un viejo dirigente comunista, Andrés Salom, que también acaba de morir, para agradecerme que mi familia lo hubiese sacado de la cárcel en tiempos de Franco. Y los comunistas en la familia han sido escasos. Lo que ha habido es un respeto yo diría que sacramental por la Justicia. Roberto era inseparable de mi padre, durante casi toda la vida del segundo. El primero llamaba a mi padre «Magilo», y mi padre al otro «Pitiba». Nunca pregunté de dónde venían los apodos. En realidad he preguntado demasiadas pocas cosas en esta vida. A mi padre no le pregunté jamás ninguna.

Pasé una parte considerable de mi infancia en la casa de campo de mi tío «Pitiba». Como le hice saber a su hijo en el sepelio, a la hora en punto en que murió fui despertado extrañamente, de una duermevela atardecida, por el característico sonido de frotar de manos que tenía mi padre cuando se avecinaba un acontecimiento agradable. «Ya estarán juntos», me respondió el hijo. Una foto de uno de mis hermanos que hizo el famoso actor Fernando Sancho (el de «Lawrence de Arabia») en aquella casa del campo, en los años 70, cayó al suelo esa misma noche, tras cuarenta y tres años, y el cristal se hizo añicos. Es inútil acordarse de la infancia. Fui, perdonadme, muy feliz entonces. «Los días felices los pone ahí la memoria, y por eso son tan tristes», escribía en «Campo de retamas» Rafael Sánchez Ferlosio. Yo lo siento por aquellos niños que dicen, retrospectivamente, haber tenido niñeces terribles.


LOS COMUNISTAS EN LA FAMILIA HAN SIDO ESCASOS. LO QUE HA HABIDO ES UN RESPETO SACRAMENTAL POR LA JUSTICIA


Mi tata llamaba a la familia de mi tío Roberto «los camperos». Aún se levanta su antigua casa en el mismo lugar, se ve desde la autovía hacia Alicante que cortó el sendero en el que nos dirigíamos hacia el monte. Algo de mí quedó ahí, como las cenizas de Orson Welles en el pozo de la finca en Ronda de Antonio Ordóñez. Es inevitable, al pasar por el lugar, que la cabeza entre en un bucle temporal. No hacíamos otro oficio que pescar ranas y jugar a la guerra civil en las ruinas de las alquerías de otros siglos. Asistíamos a matanzas del cerdo en una zona fronteriza llamada precisamente La Matanza. Apedreábamos ventanas y arruinábamos aljibes, por insaciable curiosidad de comprobar lo que ocurría después, cortábamos con navajas (entonces era normal que los niños llevaran navaja), las mangueras del riego por goteo. A mi tío, que siempre estaba riendo (formó un matrimonio ejemplar de más de medio siglo), de natural cachazudo aunque con una ironía muy fina, le dio algo de cuidado lo que hicimos con el riego por goteo. «¿Qué te parece si le digo a tu padre que pague todo esto?». Lo del pago me parecía indescriptible, peor que el último círculo del Infierno.
En aquel campo probé la fruta de los árboles prohibidos, que era toda porque me ha impedido volver a comer ese corcho ignominioso que venden las grandes cadenas comerciales (hasta la fruta robada está ahora mala); conocí la vida neolítica no exenta de alicientes de los generosos lugareños; aprendí su lenguaje lleno de significados y otra serie de luminiscencias irrepetibles que han hecho que, por defensa propia, por supervivencia, guardara toda aquella infancia bajo siete llaves por no compararla con el presente.

La desaparición física del tío Pitiba ha sido la octava llave. Ya no queda casi nadie de todos aquellos cercanos que en mi cabeza son siempre jóvenes. Lo escribí hace un cuarto de siglo, en «Diario 16»: «Pobre del último, del que entierre a todos los demás».


José A. Martínez-Abarca.

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