MI BISABUELA FEMINISTA

CONTRA CASI TODO. Por José Antonio Martínez Abarca.
Mi bisabuela María Borreguero, natural de Santomera (por entonces pedanía de Murcia), fue tal vez el mayor personaje que Dios me permitió conocer, hasta mis dieciséis años. Ya no se hacen grandes señoras así. Por alguna razón pienso en ella con una frecuencia que no es explicable. Porque no creo que me quiera transmitir, cuatro decenios después, ningún mensaje importante. Por alguna razón hay muertos muy insistentes con su vida, que nunca terminan de fallecer. La otra noche se me ocurrió decir en voz alta en el venerable «Parlamento bar», en los bajos del Real Casino de Murcia, sin saber por qué, fuera de que estuviera de pie justo en el mismo sitio en que él solía beberse su «Fernet» con hielo: «Aún no me creo que hace quince años que muriera Jesús Carballal, decano de los arquitectos». Surgió la voz, salida del alma, de uno de los dueños del bar detrás de la barra, lejos: «Yo tampoco». En definitiva, hay muertos que no se mueren, y otros que sí. En la otra vida ya me enteraré por qué ocurre esto.

Era dura de carácter, de una ironía feroz, muy guapa y al parecer sexy en su juventud, aunque el sexy en aquella época había que imaginárselo mucho. Fue viuda algo más que joven, aunque ya tenía algunos hijos: mi bisabuelo, su marido, se quedó tieso tras una contundente comida bien regada en los Pirineos, donde como ingeniero construía una carretera de montaña, por una subida de su hipertensión, un mal que he heredado cuidadosamente de generación en generación, como entregando y recibiendo un viejo reloj celosamente guardado. Lo tuvieron que traer en lo que entonces era un larguísimo viaje metido en un ataúd puesto en pie, junto a los pasajeros, imagino que en tercera clase, la famosa «tercerola». Los pasajeros de trenes del país eran muy sufridos, entonces, como en general todos los españoles, raza de retama seca que se ha perdido. Era la época, precisamente, en que un periódico tituló, y no es una «fake news»: «Grave accidente de tren. Equis muertos. Afortunadamente, todas las víctimas viajaban en tercera». Hablábamos de mi bisabuela María.


Era dura de carácter, de una ironía feroz, muy guapa y al parecer sexy en su juventud, aunque el sexy en aquella época había que imaginárselo mucho


Ya llevaba muchos años de viuda cuando, viviendo en Murcia, confesándose un día en la misma Iglesia en la que andando el tiempo fui bautizado, conoció al inolvidable «Cura del Carmen», don Sotero González. El mismo al que, en los primeros tiempos de la Guerra Civil, fusilaron sumarísimamente sin permiso del Gobierno por atacar desde el púlpito a la República. Una horda infrahumana, de la infinidad de ellas que hubo por entonces, sacó su cuerpo, arrastrándolo desde la cárcel vieja, le cortaron los testículos y se los metieron en la boca, le comieron una oreja a la altura del hotel Victoria (el devorador de orejas murió en ese momento asfixiado por esta causa) y finalmente colgaron de su Iglesia. En el Carmen no tienen mucha suerte, porque no ha sido su único párroco asesinado. Me hubiese gustado conocer a don Sotero, pues seguramente fue un gran tipo. Y mi pariente, pues mi bisabuela tuvo un hijo natural con él, mi tío Carmelo, un señor dulce y cabal con perfil de galán de cine. Mi abuela fue siempre muy valiente. Hizo lo que consideró conveniente sin dar cuentas a nadie, sin atender al qué dirán, y nunca se arrepintió. Tuvo una manera de ser más bien desagradable pero tiernamente entregada a sus cercanos. Se comió la vida sola. Ni un solo día me he olvidado de su ejemplo.

Fue una feminista de verdad.


José A. Martínez-Abarca.

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