LOS EXTRAÑOS NOMBRES

PINCELADAS. Por Zacarías Cerezo.


Existe la costumbre de conservar el nombre de edificios históricos que se adecúan para nuevos usos. En nuestra propia ciudad nos acostumbramos a esos nombres descontextualizados. No nos extraña, por ejemplo, que un edificio que es sede del Rectorado de la Universidad de Murcia se llame Convalecencia. El nombre nos dice, no lo que es en la actualidad sino lo que fue: casa de reposo para enfermos que, tras salir del Hospital de San Juan de Dios, necesitaban recuperar fuerzas antes de incorporarse a la vida normal.

En ciudad propia o ajena, siempre me golpean las palabras que nominan un lugar con el que parecen estar en discordia. Tienen algo de absurdo y parecen extraídas de aquellos juegos colectivos de palabras que los surrealistas llamaron “cadáveres exquisitos”. No es que sean un sinsentido, sino que tienen un sentido oculto.

En Murcia tenemos ejemplos tan integrados en la memoria que no reparamos en ellos. Por ejemplo, un edificio municipal con nombre de antiguo granero, el Almudí; la sala Caballerizas, donde hace décadas que no entra un mulo, es un espacio para exposiciones; como sucede con La Cárcel de Molina de Segura donde uno no entraría voluntario si no fuera porque se cuelgan cuadros. Y volviendo a la capital, aquí tenemos el Puente Nuevo que hace décadas dejó de serlo; o el barrio conocido como “El Rollo”, no por aburrido sino por el rollo jurisdiccional que tuvo para marcar la entrada a la ciudad y donde, dícese, se ajusticiaba. De Murcia podríamos nombrar muchos más ejemplos, pero termino con el más reciente, el llamado Edificio Correos, donde se clasificaron cartas hasta los años 80 y en el que ahora dan de comer.

Fuera de nuestras fronteras hay un ejemplo que me gusta mucho, quizás por su contenido, Los Uffici (las oficinas) el maravilloso museo florentino; y en Madrid está el que más me choca, El Matadero, un nombre que nos daría miedo si no supiéramos que allí se programa cultura.

Me parece bien que perduren los nombres antiguos, porque a través de ellos nos hacemos preguntas y podemos entrar en el conocimiento de la historia, grande o pequeña, del lugar. Algo así pasa con los que llevamos nombres de nuestros abuelos o bisabuelos, que cargamos con un poso de la historia familiar.


zacariascerezo@gmail.com

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