LOS APAGONES

CONTRA CASI TODO. Por José Antonio Martínez-Abarca.
Uno de los efectos más curiosos del tiempo consiste en que las cosas que cuando ocurrieron, hace muchos decenios, fueron vistas como negativas, la memoria las vuelve positivas, incluso apasionantes. Incluso los que somos poco nostálgicos (es posible ser melancólico y no nostálgico) es sorprendente como uno mismo siente una viva nostalgia de ellas. Siempre recordaré a este respecto el entierro de mi bisabuela como una de las ocasiones más divertidas de mi vida. Los bisnietos encabezábamos la comitiva en su pueblo mientras las viejas se persignaban y se nos caía la corona de flores de la risa. Creo que las viejas se santiguaban no por mi bisabuela sino por la «performance» que estaban dando aquellos críos, pues éramos de la piel del mismo Diablo y a los que la mayoría de edad no nos ha mejorado mucho. Es indefectible: los entierros donde más nos hemos reído son los de aquellas personas que jamás abandonarán nuestro corazón y estarán presentes cada día que nos quede. La magnitud, la intensidad y generosidad del «alboroque» o celebración posterior a una muerte dará la medida de la pervivencia del fallecido en nosotros.

Igual ocurre con los accidentes o acontecimientos de la vida en teoría desagradables, pero desde luego memorables. Por ejemplo, hay veces en que me encuentro echando de menos aquellos inacabables e incómodos apagones de luz que había en los años 70 del pasado siglo. Sobre todo se producían en verano y otoño, cuando en el sur había una cosa llamada otoño. Cualquier excusa era buena para un buen apagón general en aquella época de pobreza energética. Una manta de agua caída del cielo, un colapso de la red debida a los rupestres aires acondicionados de entonces, un exceso de restaurantes con congelador, parones que luego daban lugar a unas vistosas intoxicaciones colectivas por el bichito de la «salmonella»…


Eso de que se fuera la luz era algo ineluctable, como la llegada de la castañera de la esquina en noviembre o el cierre del cine de verano a mediados de septiembre


Mi ama Pascuala echaba un vistazo a la calle y emitía el veredicto que más nos gustaba a los niños porque eso significaba que íbamos a sacar las velas y las «palomas» de algodón flotando en un plato de aceite y así podíamos meterle fuego a algo: «Se ha ido la luz en todo el barrio», sentenciaba. En realidad queríamos que se fuese la luz en todo el Universo. Porque no «había» o dejaba de haber luz. La luz «venía» o se «iba», era una misteriosa presencia o una ausencia, en un lenguaje mucho más poético. Cuando se iba perfectamente podía no volver hasta el día siguiente, no como los apagones de ahora, que son una birria. La gente no se quejaba de que se le echara a perder la comida porque eso de que se fuera la luz era algo ineluctable, como la llegada de la castañera de la esquina en noviembre o el cierre del cine de verano a mediados de septiembre. La luz que se iba tenía en aquella época una especie de magnificencia, un gran porte, y a ella le dedicaron películas como «Blackout» o «Apagón en Nueva York», sobre la famosa oscuridad que duró dos días en la ciudad (casi) siempre iluminada, convertida en un escenario postapocalíptico. El mundo se quedaba a dos velas.

Las velas amarillas de cera de abeja, que nunca se consumían. Aquellas noches temblequeantes a su llama. Las sombras que se congregaban, observándonos. Se desempolvaban viejas narraciones. No queríamos que la luz viniese nunca, como aquel año en que la tele única puso tantas películas «enlatadas» cuando se murió Franco que en el fondo, los que fuimos niños en la época adecuada no hemos querido que Franco se dejara nunca de morir.


José A. Martínez-Abarca.

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