LA PERLA DE RICOTE

DE MURCIA AL CIELO. Por Carmen Celdrán.
Está de moda entre los historiadores la revisión de los dogmas establecidos a lo largo de la Historia. Las verdades que aprendíamos en el colegio ya no valen, y siempre habrá un estudioso que niegue, con la autoridad de sus muchas investigaciones, la antigüedad de la nación española, el descubrimiento de América o el asedio de Numancia. La Reconquista, con toda su carga de enfrentamiento étnico y religioso, es blanco fácil para ese revisionismo que a veces disimula mal un irracional odio para todo lo bueno y heroico que pudiera haber en la Historia de España.

En cualquier caso, lo que sí es cierto es que el nombre de Reconquista puede conllevar un reduccionismo quizás inapropiado. Evidentemente los pueblos de origen africano asentados en la península durante ocho siglos eran tan españoles como los reinos del norte que trataban de conquistarlos, y a su vez estos, por más que se quisieran emparentar con Don Rodrigo, tenían poco que ver con los visigodos que habían dejado perder negligentemente el dominio de Hispania, desangrados en luchas intestinas. También es cierto que la Historia de la alta Edad Media española está poblada de enfrentamientos entre reinos cristianos y razias tribales de musulmanes. Incluso nuestro gran héroe regional -el monarca Ibn Mardanis- provenía quizás de una familia de origen cristiano que, digamos, se pasó al otro bando.

Por eso la expulsión de los moriscos, ordenada por Felipe III en el siglo XVII, debió provocar una grave fractura social, pues si bien existían fuertes enfrentamientos interculturales (que diríamos hoy día), también se había producido un cierto grado de integración entre los distintos habitantes de España.

Tampoco fue fácil para los agentes del Rey ejecutar la orden de desalojo. La expulsión comenzó en el Reino de Valencia, en 1609, y siguió produciéndose en Andalucía y Aragón. El último reino en cumplir la orden real fue el Reino de Murcia, en 1613, en que se desalojó a los moriscos del Valle de Ricote, un reducto de moriscos (antiguos musulmanes convertidos al cristianismo) que se resistieron con uñas y dientes a la expulsión. No en vano, de esta zona surgió el segundo caudillo murciano, Ibn Hud, que ganó, para el Reino de Murcia, gran parte de Al Ándalus.

El Valle de Ricote, situado en la vega media del Segura, es uno de esos tesoros paisajísticos y etnográficos que tenemos a tiro de piedra de la capital y que muchos no conocen. Está formado por los municipios de Archena, Ojós, Ricote, Ulea y Villanueva del Río Segura y constituye un desfiladero por el que transcurre -limpio y cristalino- el Segura, rodeado de vergeles y flanqueado por murallas de piedra que recuerdan aquellos versos del poeta archenero (¡pa ver que se embisten, de pelás, las peñas!). No en vano, el topónimo Ricot parece significar en árabe “peña”. El paraje, con sus fuentes termales en Archena, tiene un atractivo especial. Aún hoy, cuando el visitante tiene ocasión de contemplar el valle desde la altura, subiendo hacia la localidad que da nombre al valle, no puede evitar trasladarse a la Palestina bíblica e imaginarse a Jesús caminando por las sendas y predicando a sus discípulos. El contraste de la feraz huerta con las pardas colinas y la cinta del río crean un paisaje aún no destruido por el progreso.

Éste mágico valle no está exento de leyendas, la más conocida es la del Salto de la Novia, narrada por Rafael López de Haro y que toma su acción de una garganta en que el río discurre entre dos peñascos muy próximos, en el municipio de Ojós. La leyenda es el típico cuento de la reconquista: una joven virgen cristiana comprometida con un valeroso guerrero de la que se enamora un pérfido musulmán. La joven, huyendo del acosador a uña de caballo, realizando un salto increíble, logró salvar el río y con ello la honra, mientras el moro quedó, dirían los clásicos, corrido.


Éste mágico valle no está exento de leyendas, la más conocida es la del Salto de la Novia


Paisaje de Ricote pintado por Adolfo Díaz Bautista.

La expulsión de los moriscos de esta singular zona levantó muchas protestas, no sólo entre los desahuciados, que celebraron misas, penitencias y procesiones para demostrar la sinceridad de su fe cristiana, sino también entre los “castellanos viejos” que consideraban una injusticia el desalojo. Prueba de ello es el homenaje que Miguel de Cervantes les rinde en el Quijote en el que el singular caballero se encuentra con un morisco llamado Ricote (y luego con su hija, Ana Félix) que, habiendo sido expulsados de España por la orden real, regresan disfrazados y aun a riesgo de su vida, a la que consideran su patria.

Es posible que Cervantes en la historia del morisco Ricote no solo refleje una velada crítica a la orden de expulsión, sino que también refleje una realidad: quizás muchos moriscos fueron capaces de regresar, una vez relajada la vigilancia, al lugar donde habían vivido durante casi un milenio, al paraíso de Ricote.


@CarnenCeldran

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