LA MITOLOGÍA CLÁSICA EN LAS PECERAS Y EN EL TECHO DEL TOCADOR DE SEÑORAS

MITOLOGÍAS. Por Rosario Guarino.
Superado el tramo de escalera inmediato a la que desde 1902 es puerta principal de entrada al Casino, accedemos al Patio Árabe o neonazarí, obra del escultor madrileño Manuel Castaños, a cuyos lados, en sendos cubículos, se encuentran las estancias popularmente conocidas como “las Peceras”, que debemos al citado escultor, y que muestran al exterior su característico zócalo de mármol rojo de las canteras de Cehegín. Allí los socios del Casino pueden, a través de sus cristaleras, ver y ser vistos por los transeúntes de la calle Trapería, circundados por una rica decoración a candelieri de guirnaldas, festones y cenefas de raigambre marcadamente clasicista.

La inspiración clásica está presente en los angelicales putti (cupidillos sentados en las cornisas), y también en las hojas de acanto, trofeos, bucráneos y roleos, que recuerdan al arabesco (no exclusivo del arte islámico, pues aparece ya en monumentos egipcios y asirios, primero, y más tarde en etruscos, griegos y romanos).

Las salas se nos muestran decoradas abigarradamente en una profusa mezcolanza ornamental de seres quiméricos y de personajes varios de la mitología grecolatina. Así, encontramos representadas bacantes -al igual que en la escalinata de acceso-, como es el caso de la escena en que una bacante sirve vino a otra, que contempla una cabeza de sátiro situada sobre una herma, evocándonos al Príapo custodio de los jardines, o ninfas del cortejo de Ártemis-Diana, en el bajorrelieve que recuerda el descubrimiento del embarazo de Calisto por parte de la diosa, tras haberla dejado encinta Zeus-Júpiter. Para lograrlo había adquirido este la apariencia de su hija con el fin de ganarse la confianza de la joven y seducirla más fácilmente a través del engaño.

Una joven beldad desnuda emerge de las aguas rodeada de tritones tocando sus caracolas marinas, así como de nereidas acompañadas de delfines que guían Cupidillos a manera de jinetes en medio de un mar proceloso y encrespado. Aunque la evocación del nacimiento de Venus es automática, la presencia de otra representación con Posidón-Neptuno en el centro, bien identificado por su tridente y por el cortejo de tritones y seres procedentes de las profundidades marinas, revela la identidad de Anfitrite, la nereida marina amada por el dios griego de los mares.

A manera de candelabros, ascienden verticalmente adornos de figuras geométricas vegetales con soportes antropomorfos.

Pasando al Tocador de Señoras, desde su techo nos vigila la “Alegoría de la Noche” o “Embrujo de Selene”, fresco donde aparece la triforme diosa griega de la luna adornada con alas de mariposa y rodeada por todo un séquito formado por jóvenes doncellas y pequeños cupidos, todos ellos dotados asimismo de apéndices alados de mariposa. Destaca del conjunto la presencia de una mujer con el torso desnudo que se precipita en llamas desde las alturas. Posee la mencionada figura la peculiaridad de parecer observarnos donde quiera que nos situemos, lo que logra a través de un efecto óptico el virtuosismo del pintor, José Marín-Baldo.

Si bien no responde a ningún episodio concreto de la mitología grecolatina, sí presenta paralelo con un pasaje muy conocido: se cuenta que Ícaro, hijo del celebérrimo inventor Dédalo, por desoír el consejo paterno de no aproximarse demasiado al sol en su huida desde Creta, cayó al mar al derretirse la cera que mantenía en conexión las plumas que le servían de alas y prender en estas las llamas. La isla de Icaria debe su nombre al suceso, pues al lugar donde hoy se encuentra vino a dar con su cuerpo el intrépido joven, sirviéndole de epónimo.


Rosario Guarino.

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