LA MIRADA DE LA SIBILA

PINCELADAS. Por Zacarías Cerezo.
Era catorce de julio de un año muy significativo para nosotros, estábamos en el centro de la Capilla Sixtina rodeados de turistas: cientos, quizás miles al cabo del día, que entraban por una puerta y salían por otra casi empujados para que no se pararan, no fuera a detenerse el lucrativo flujo que generaban.

Gentes de todas las culturas visitan el mágico contenedor del mejor arte de la historia, pero no disponen de un mínimo de calma para comprender el lugar; se conforman con haber estado y, si pueden, sacan una foto furtiva para poder demostrarlo.

Tampoco nosotros tuvimos tiempo ni paz para recrearnos, así es que me apresuré a buscar un rostro, una mirada determinada entre la profusión de figuras gigantescas que Buonarotti pintó en lo más alto: profetas y sibilas de proporciones escultóricas —no podía ser de otra forma tratándose de un artista que tenía la escultura como un arte superior a la pintura— y, sí, allí estaba la bellísima Sibila de Delfos. Su inmortal mirada se encontró con la mía reproduciendo una sensación antigua, una emoción inexplicable, la misma que me produjo la de aquella chica adolescente y que quedó impresa en una foto que ahora amarillea.

La Sibila de Miguel Ángel está en mi imaginario juvenil ligado al descubrimiento de la mirada seductora de aquella chica, esa que hiere como el dardo de fuego que atravesaba el pecho de Teresa de Jesús.

Quise ir a Roma con ella y comprobar que sigue existiendo el milagro de aquella mirada. Es un poder que muchas mujeres saben usar pero que, cuando es inconsciente, siendo natural, roza lo sobrenatural.

La Sibila de Delfos es la más joven y bella de las que pintó Miguel Ángel. Su mirada expresa la expectativa que le produce la inquietante profecía, la visión del futuro, siempre tan turbador, aquel futuro donde, la chica de la foto amarilla y yo habitamos ahora.


zacariascerezo@gmail.com

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