UN HOMBRE DE GRAN CARÁCTER CON UN INTERIOR DELICADO

 EXPOSICIÓN «AVELLANEDA: SUS PINTURAS». DEL 5 AL 30 DE SEPTIEMBRE DE 2019. SALA ALTA DEL REAL CASINO DE MURCIA. 

Por Miguel Olmos, comisario de la exposición.
Estoy muy contento. Feliz. Cuando Antonio Avellaneda (hijo del gran pintor que nos ocupa) me habló de la familia Gaya Sicilia, y en especial de Eduardo, y me contó lo que hoy el propio Eduardo Gaya narra en su artículo, no dudé ni un instante. La obra de Manuel Avellaneda hay que mostrarla a los murcianos y no murcianos en el Real Casino a modo de homenaje al gran artista. Es una magnífica ocasión.

Comenzamos a caminar…, presentamos el proyecto a la Junta Directiva del Real Casino, y su aprobación fue inmediata. Nuestra gratitud al presidente y demás miembros.

Manolo Avellaneda, paisajista por excelencia, nace en Cieza en 1938. Desde muy niño se interesó por los colores y dibujaba a todas horas. En su familia no se conocen artistas, pero él nació con muchas capacidades para serlo. Ya de niño, subía con su pandilla a la Atalaya, y miraba de una forma diferente a los demás el paisaje que desde lo alto se divisaba. Le encantaba volver a este maravilloso lugar para descubrir, sentir y disfrutar de los colores, del aire, de los desniveles del terreno, de las nubes… y de los diferentes planos que desde lo alto se contemplaban… y allá abajo, su pueblo, su tierra, Cieza. Estaba alimentando, casi de forma inconsciente, su privilegiada mente con imágenes que un día no muy lejano podría llevar a los lienzos y retratar este bello entorno.

Cuenta Flores Arroyuelo en su libro “Pintores Contemporáneos” dedicado a Manuel Avellaneda, que un domingo vio al padre de un gran amigo, Paco España, pintando en estos lugares y se quedó junto a él toda la mañana. Fue entonces cuando tomó un pincel, lo cargó de pintura, y lo llevó hasta el lienzo. Ya no pudo parar. Todo el bagaje de imágenes que ocupaban su mente tenía que comenzar a ver la luz del día, del sol, de la naturaleza, de su atalaya.

Por esta época llegó a Cieza Valverde, el pintor murciano, con una exposición. Manolo se pegó a él para aprender, y el maestro compartió con el joven todo su saber. Más tarde fue Muñoz Barberán quien expuso en Cieza, con tal éxito que permaneció varios meses para realizar encargos. Avellaneda pasó todo el tiempo posible a su lado impregnándose de todo lo que Barberán le transmitía.

Manolo tenía cada vez más claro que quería ser pintor, solo pintor. De ahí que todo su afán era pintar, dibujar y volver a mirar todo lo que la Naturaleza le ofrecía para poder plasmarlo con sus pinceles.

Siente la necesidad de mostrar su obra, ya tiene bastante acumulada. Y en Semana Santa de 1957 organiza su primera muestra en la Sala de Exposiciones del Casino de Cieza. Los cuadros sorprendieron a sus paisanos por los colores ardientes, colores que para ellos no existían hasta entonces porque tampoco los veían. Fue un evento de gran nivel. Unos amigos de Manolo, amantes de la poesía, leyeron poemas de Rafael Alberti, Antonio Machado, Pablo Neruda, Dámaso Alonso y Miguel de Unamuno.


Los cuadros sorprendieron a sus paisanos por los colores ardientes, colores que para ellos no existían hasta entonces porque tampoco los veían


La inauguración fue todo un espectáculo artístico-cultural. Aplausos y felicitaciones para todos, especialmente para el pintor y su obra. Manuel Avellaneda se sentía emocionado, rebosante de felicidad. Su trabajo, su pintura, sus paisajes ciezanos habían gustado en su pueblo. Sus padres emocionados y muy orgullosos de su hijo artista.

Todo continuó como debía de ser para que se cumpliese lo escrito (comenta Flores Arroyo en su libro) y con las ayudas oportunas viajó a Madrid y colgó sus paisajes en la galería Toisón. Vázquez Díaz visitó la exposición, vio sus cuadros y le gustaron. Le animó a seguir y le invitó a participar en una colectiva que estaba preparando junto a Benjamín Palencia, Pancho Cosío, Pedro Bueno, Anglada Camarasa… En esta exposición junto a los grandes artistas, Manuel Avellaneda se consagra como tal.

Se instala en la Calle Toledo cerca de la Fuentecilla. Es Don Eduardo Peña quien le prepara para ingresar en La Academia de San Fernando donde conoce a Darío Villalba y otros pintores de recursos e intenciones diferentes. Pasó sus buenos y malos ratos. Corrió las peripecias del oficio. José Planes, nuestro escultor, le invita a merendar michirones y vino que le traían de su tierra.

Pasados unos años, vuelve al encuentro de su tierra. Todo continúa inmutable, pero el pintor quiere crear paisajes propios en donde pueda dar rienda suelta a su imaginación y, con la posibilidad mágica que posee, lo consigue. Ese mismo paisaje ya es visto de otro modo. Avellaneda ha alcanzado un punto que es final, principio y fuente de conocimiento.


Al volver a su tierra tras sus años en Madrid, todo continúa inmutable, pero el pintor quiere crear paisajes propios en donde pueda dar rienda suelta a su imaginación


El orden, el ritmo, la estructura, el color, la visión, todo tiene un matiz diferente, toda forma nueva está de manera imaginada de trazo miniaturista y abstracto. Sintetiza sus paisajes pero creando una belleza inigualable.

Flores Arroyuelo subió con él a la Atalaya y desde la balconada de La Ermita observaron detenidamente el paisaje. Allí estaban todos los elementos constitutivos de sus cuadros, cuenta el escritor, todo aquello que le movía su imaginación a emitir respuesta a instancias de estímulos impulsados por la percepción de su sensibilidad. Tierras gredosas, ocres, amarillentas, violáceas, azulonas, rojizas, blancas, pedregosas… tierras trabajadas en barbecho, sedientas, yermas, con rastrojos… y un sinfín de motivos más, los cuales utilizaba con tal maestría, delicadeza, sabiduría, sensibilidad y arte, que hacía de sus cuadros auténticas joyas.

Con esta forma propia de crear, Manuel Avellaneda sigue pintando. Su obra va recorriendo todo el país y fuera de él, obteniendo éxitos y acumulando premios. Fue un hombre de gran carácter pero con un interior delicado. Junto a Mariví, su esposa, formaron una preciosa familia con tres maravillosos hijos.

El cariño y la admiración que Murcia sentía hacia ellos aún perdura, de ahí este sencillo pero profundo homenaje realizado desde el corazón. MANOLO GRACIAS. Murcia no te olvida.


POR LA FAMILIA GAYA SICILIA
Los caminos de nuestros padres, Pilar Sicilia y Eduardo Gaya (DEP), se cruzaron con los de Manuel Avellaneda (“Manolo” para la familia) y María Victoria Goicuría (“Mariví”) en Isla Plana, años 70. Nuestra madre, cartagenera de nacimiento y alma, siempre quiso tener un lugar en su Murcia querida. Así que nuestro padre, incapaz de resistir la presión de su mujer (que podía ser muy insistente), adquirió la parcela en la que se alzaría nuestra casa de verano a los pies del Cabezo del Horno, singular altura que domina la bahía de Mazarrón. A unos cien metros, Manolo y Mariví construyeron su casa de veraneo y desde ese momento la amistad entre ambas familias fue creciendo año tras año. Largas veladas – prácticamente a diario durante los meses de verano – en la terraza. Son tantas las anécdotas que no cabrían en este breve espacio.

Fascinados por el arte de Manolo, nuestros padres adquirieron, durante años, la obra que ahora se trae a Murcia. Gracias a él, conocieron a otros artistas murcianos (y también de otras latitudes, pues era conocida la facilidad de Manolo para hacer amistades en cualquier lugar) de modo que poco a poco llenaron nuestra casa de Madrid de obras procedentes de ellos. Era tan bonita su amistad que, por ejemplo, el número “22” que aparece en la obra “Puerta” era el que marcaba nuestra casa en la calle Cea Bermúdez de Madrid. Manolo lo “inmortalizó” tras preguntar a nuestro padre: “Tato, ¿qué número pongo a la puerta?”. Así eran ellos, “El Tato” y “El Artista Pintor” como se llamaban mutuamente.

Sin duda, conocer a Manolo y Mariví, a sus hijos Begoña, Antonio (“Kiko”) y María Victoria (“Kika”) fue de lo mejor que nos pasó a los Gaya Sicilia en nuestra andadura Islaplanera.
Antes de fallecer, nuestra madre dejó bien claro que, si algún día nos propusiéramos desprendernos de obra de Manolo, teníamos que hacerlo en su tierra natal, Murcia. Ella lo quería así y así hemos decidido que se haga.

Queremos agradecer al Real Casino de Murcia, a Miguel Olmos y a Antonio Avellaneda el apoyo brindado para hacer realidad el proyecto de
nuestra madre.

Esperamos que todos cuantos acudan a esta exposición disfruten del arte de Manuel Avellaneda, gran amigo y gran pintor.


Miguel Olmos. Comisario de arte.

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