ESTE ES EL FINAL

Por José Antonio Martínez-Abarca. 

Siempre se han puesto como ejemplo los documentales de animales en la sobremesa de la segunda cadena de la televisión pública española como algo vagamente indiferente, amable. Como la música de ascensor, ideal para echar la siesta. Desconozco si aún echan ese tipo de cosas, porque hace tres lustros que no dispongo de antena de televisión. Pero supongo que aún habrá bastante gente que se relaje así. Expresiones como “me dormí cuando el león perdía interés por perseguir la manada de ñus” o “me desperté con el alboroto montado por las hienas al llegar los buitres a disputar la carroña” han pasado prácticamente al lenguaje popular. La siesta de documental de “la 2” es, desde hace un par de generaciones, una auténtica medida de tiempo en España, como lo es que te queden por vivir “dos telediarios”.

Se supone que a todos nos daba un poco igual la suerte de los ñus más débiles o el resultado del partido entre hienas y buitres en las faldas del Ngorongoro. Sin embargo, acabo de descubrir que esa falta de empatía animal sólo se debía a que esos documentales estaban rutinariamente filmados. Con el talante funcionarial y la falta de auténtica poesía del que coloca una cámara para que veamos cómo crece la hierba. Pero me ha estremecido hasta lo más hondo comprobar que existen otro tipo de documentales de última generación, hechos no para contarnos anécdotas sino categorías eternas. Concretamente vi un episodio de uno llamado “Planeta helado”, de la por tantos conceptos venida a menos BBC. Contenía el más preciso y lírico relato sobre la muerte que he visto, oído o leído. Estoy seguro de que los creadores del documental no ambicionaban tanto. Eran protagonistas una foca y unas cuantas orcas. Pero las imágenes tenían tal fuerza que en realidad hablaban de la muerte de todo. La nuestra también. Y más allá: esas imágenes tenían una calidad metafísica. Iba sobre la desconcertante dulzura de la desaparición. Dulzura no sólo porque no había violencia alguna en la caza y muerte por parte de las extremadamente profesionales orcas. La dulzura también la que había en los ojos brillantes de la foca al saberse perdida, con ese leve estrabismo tan melancólico y tan perruno, que se les pone a las focas. Y, sobre todo, la inmensa dulzura, la desarmante delicadeza con que las llamadas “ballenas asesinas” apenas aprisionaban, sin dañarla, la cola de la foca para arrastrarla iceberg abajo como quien pone un abrigo de visón en un charco para que pise una dama al bajar del taxi.


ME HA ESTREMECIDO HASTA LO MÁS HONDO COMPROBAR QUE EXISTEN OTRO TIPO DE DOCUMENTALES DE ÚLTIMA GENERACIÓN HECHOS, NO PARA CONTARNOS ANÉCDOTAS, SINO CATEGORÍAS ETERNAS


El ritual de la extinción era como sigue. Una foca tomaba el sol sobre un témpano de hielo, en el verano antártico. Una manada de orcas la avistaba. Las orcas movían sus colas a la vez para provocar una ola que rompiera el hielo e hiciera caer al agua a su presa. Lo conseguían. Pero dejaban, como el noble magnánimo que permite dos horas de ventaja a su víctima antes de lanzar a sus perros contra ella, que la foca volviera a subirse a una plataforma de hielo cada vez más reducida. Dar muerte no es divertido, salvo si se da a la presa una oportunidad de vivir. La foca, más movediza que las orcas dentro del agua, tenía una oportunidad apreciable de escapar nadando. Pero ya tenía plena conciencia de su destino, una conciencia instalada incluso en cerebros poco evolucionados y más poderosa aún que el instinto de conservación.

Por fin, la foca estaba extenuada, y suspiraba. Había aceptado plenamente que un momento después sería devorada. Por sus ojos húmedos pasó en un instante toda su vida. Esa era exactamente la expresión filosófica: yo la vi. Entonces, una orca gigantesca emergió y soltó un suave resoplido junto a la foca. Y, como la madre que besa tiernamente a su bebé y lo traslada a dormir al “moisés”, como el león que atrapa a sus cachorros entre sus colmillos, con infinito cuidado de no provocar molestia alguna con sus mandíbulas, la orca sumergía a la foca con la lentitud necesaria para que ésta elevara alguna última plegaria. Así se hacía la oscuridad y el Universo seguía su infinita expansión. Cuando llega la muerte, un manto cálido envuelve, el mar antártico parecía entibiarse y la foca se iba pensando que en el mundo todo está bien hecho.


José A. Martínez-Abarca

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