ENCAJES DE COLESTEROL

CICUTA CON ALMÍBAR. Por Ana María Tomás.

Hasta hace relativamente poco, las mujeres teníamos, como el mal llamado “deporte de la Caza”, épocas de veda concernientes al cuerpo. Me explico: durante el otoño, el invierno y una pequeña parte de la primavera, digamos que se nos dejaba relativamente en paz en nuestro cuerpo. Claro, que, aproximándose el verano, las campañas para deshacernos de “esos” kilos de más acumulados en el invierno nos bombardeaban sin piedad desde todos los flancos. Bien, pero teníamos algún periodo de reposo. Pero ahora… ahora es inhumano el bombardeo continuo: que, si antes del verano, los kilos de invierno; que, si después del verano, los kilos de los helados; que, si después de navidades, los kilos de los turrones… Porque, eso sí, cervezas, helados y turrones, los tomaremos en dosis infinitesimales, pero hay que ver los “dejraciaos” cómo se multiplican sobre nuestras caderas, muslos e ingles.

Y ahí estamos nosotras, haciendo encajes de colesteroles para eliminar hasta el más mínimo rastro de grasa, sin tener en cuenta las palabras de George Bernard Shaw: “No hay dieta que pueda eliminar toda la grasa de tu cuerpo, porque el cerebro se compone en su mayoría de grasa. Y, sin el cerebro, quizá tengas un aspecto sensacional, pero no puedes aspirar a nada aparte de a un cargo público” (pueden reírse).

Pero, tal es la fragilidad del hombre, es decir, del ser humano, que incluso después de muerto hay que guardarlo en una caja. Y ahí, precisamente, en esa fragilidad, radica el poder de la moda. Una moda cambiante, voluble, tirana, represora, enferma… Y no sólo ahora, ¿recuerdan aquello de “dame gordura y te daré hermosura”? Pues ni organizar cenas para cuatro invitados con un solo comensal, ni morirnos de puritita inanición para que nos compongan lo de “Saco de huesos, mi novia es…”


LA MODA ESTÁ ATENTANDO DIRECTAMENTE CONTRA LA SALUD DE LA MUJER. NO SE NOS PUEDE PEDIR UN CANON DE BELLEZA CON CADERITAS DE PITIMINÍ Y LUEGO PRETENDER QUE SEAMOS CAPACES DE PARIR


Desde los mass media y desde todos los ámbitos, se compara a la mujer con un ideal estético “perfecto” (ideal que cambia más que una mujer de bragas), y que ahora resulta ser escuálido, anoréxico, criminal, y que no se corresponde con el de la inmensa mayoría de las mortales. Ideal, por otra parte, que nada tiene que ver con el que promueve la pornografía: enormes pechos y caderas prominentes… ¿Se han parado a pensar que para que la mujer tenga pechos ha de operarse? Sí, ya apenas quedan mujeres con un pecho “potable” que no sea siliconado ¿Saben por qué? Pues porque la función del pecho, que no es la de lucir escote, sino la de amamantar, ha desaparecido ¿Saben cómo se ha disparado el aumento de cesáreas? Es que la moda está atentando directamente contra la salud de la mujer, no se nos puede pedir un canon de belleza con caderitas de pitiminí y luego pretender que seamos capaces de parir.

Pero lo más grave de todo esto es que a los hombres a quienes pretendemos gustar no les gusta ese tipo de mujercañaescoba, y me remito a las revistas eróticas.

La moda, la estética actual ha convertido a la mujer en el blanco de una gran cantidad de manipulaciones en su cuerpo, así como en consumidora de productos peligrosísimos que las reducen a simples objetos de consumo, condenadas a la eterna búsqueda de un imposible: la perfección. Perfección, además, dictada, muchas veces, por un atajo de misóginos (me gustaría ver a algunos diseñadores de zapatos de tacón de aguja caminar con ellos), megalómanos con pretensión de artistas que, sin duda alguna, llevan comisión de las clínicas en donde las mujeres buscamos el bisturí como el escoplo de un escultor, fabricándonos a la carta de un restaurante ajeno y creyéndonos que somos nosotras las que elegimos el menú.


Ana María Tomás

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