EN UN LUGAR…

CICUTA CON ALMÍBAR. Por Ana María Tomás.

Dicen los entendidos que parte del éxito de “El Quijote” se debe a la sabia elección de las palabras del comienzo. Y es que “En un lugar…”, no importa que no queramos acordarnos del nombre o de la situación geográfica, es donde transcurre siempre la vida.

Amalia vive en un lugar y trabaja en otro. Para ir de uno a otro recorre nuevos lugares que quedan sembrados con sus huellas, con sus ilusiones, con su anonimato; porque la vida es continuamente anónima. Ella sabe que en todo ese desfile de esperpentos que trasiegan por todas y cada una de las cadenas televisivas no hay vida, por mucho que se empeñen en mostrarnos como cotidianos acontecimientos que, por mucho maquillaje, no dejan de ser absurdos y disparatados.

La vida para Amalia está en esa esperanza continua e indesmayable de la llegada de unos hijos que se están haciendo de rogar; en realizar cada día su trabajo de la manera más comprometida y perfecta; en disfrutar las alegrías que le llegan, y en capear, lo mejor que sabe, las desgracias, que “no hay mal que cien años dure” (ni “dejraciao” que lo resista, claro).


LA INMENSA MAYORÍA DE LAS MUJERES SON SENSATAS DOROTEAS ENFRENTADAS A LOS PROSAICOS TRABAJOS DE ABASTECER SU HOGAR DE LOS PRODUCTOS NECESARIOS, ADMINISTRAR SABIAMENTE LA ECONOMÍA Y ORGANIZAR LOS MÁS VARIADOS TRABAJOS DE INTENDENCIA


En un lugar, como en otros muchos lugares, la vida transcurre productiva y silenciosa, ajena a castillos de fuegos artificiales. La inmensa mayoría de las mujeres son sensatas doroteas enfrentadas a los prosaicos trabajos de abastecer su hogar de los productos necesarios, administrar sabiamente la economía y organizar los más variados trabajos de intendencia. Doroteas, sí, mujeres con los pies en la tierra, no fantásticas princesas micomiconas, nostálgicas de un reino arrebatado a la espera de un hidalgo caballero que les restituya su reino.

Amalia es una mujer pequeña, demasiado pequeña para un corazón tan grande, y aunque batalla cada día con molinos de viento y enormes gigantes, no pasará a la historia sino engrosando ese grupo enorme e ignorado de mujeres que, cada día, inmolan sus vidas, sus propias historias, por amor a las vidas e historias de otros. Ella forma parte de esas mujeres tornillo, invisibles, pero sin las cuales sería imposible el sostén de una sociedad; de esas mujeres de segundo plano de las que nadie hablará, pero que son el pilar de tantos hombres que figuran en los primeros lugares sin caerse de golpe hacia atrás porque pueden apoyarse en mujeres cuya labor solo se nota cuando falta.

Otras mujeres, por el contrario, necesitan su porción de vacía gloria, aireando cameríos que, en la mayoría de las veces, nunca existieron. Son las menos.

El resto, aldonzas, amalias o dulcineas, todas ellas sin “Monumento a la Mujer Desconocida”, anónimas e invisibles, son el inmenso regazo de la vida, el motor que impulsa la maquinaria precisa y exacta para la supervivencia de este enorme y hermoso taller que es el día a día.


@anamato22

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