EL NATURAL ESTADO

CICUTA CON ALMÍBAR. Por Ana María Tomás. 

Es obvio que la naturaleza humana lleva inscrito en sus genes un extraño código por medio del cual, y sin saber muy bien cómo, nos complicamos la vida de una forma absurda y estúpida. Además, no es necesario ser científica para demostrarlo: estamos en una época en donde todo el mundo sale corriendo de sus habituales y confortables lugares (los que viven en la ciudad al campo, los del campo a la playa, los de la playa al interior, los del interior al exterior, los del exterior a los distintos lugares del interior de otro exterior, los pudientes a la nieve y los pobres, que no tienen más remedio que soportarla, en busca de refugios en donde guarecerse, pero estos últimos no entran en el lote al que me refiero hoy), decía que han salido de sus lugares buscando una de las peores formas de masoquismo, o sea, largas colas de coches y situaciones peligrosas en las carreteras… Eso solo para empezar, después, que los maltraten en bares y restaurantes, atacados hasta los topes, sirviéndoles la comida horas después de pedirla, aguantando a los niños que, desquiciados, no paran de jorobar y meter bulla. Eso, por no hablar de las colas para acceder a cualquier sitio. Pero lo dicho, el ser humano necesita tener problemas, complicarse la vida y convertir lo soportable en insoportable, la nimiedad en desmesura, las sandeces en amargura y lo que podría procurarnos una apacible felicidad en un cúmulo de problemas. Qué razón tenía Paul Watzlawich, al escribir “El arte de amargarse la vida”, porque no vayan ustedes a creer que esto de complicarse uno las cosas no requiere todo un arte.


CUANDO ESTOY PLETÓRICA DE FELICIDAD ME CUESTA MUCHO MÁS AGARRAR LA PLUMA QUE CUANDO TENGO A LA MUSA CABREADA, INCLUSO ALGUNOS DE MIS LECTORES DICEN QUE MIS MEJORES ARTÍCULOS SON AQUELLOS EN LOS QUE SE ME NOTA MUCHO QUE ESTOY ENFADADA


Dicen que la gran mayoría de las obras de arte de la literatura han sido escritas en momentos en los que su autor pasaba por una angustiosa soledad, en medio de sentimientos de decepción, de frustración, de dolor… Yo, por mi parte, he de reconocer que cuando estoy pletórica de felicidad me cuesta mucho más agarrar la pluma que cuando tengo a la musa cabreada, incluso algunos de mis lectores dicen que mis mejores artículos son aquellos en los que se me nota mucho que estoy enfadada, claro, que es posible que mi musa sea como esos pájaros cantores a los que les arrancan los ojos para obligarles a centrarse solo en el canto y que ninguna distracción, por pequeña que sea, les aparte de él.

No obstante, pájaros, musas y humanos parece que necesitemos del dolor, de la complicación, de la angustia o del cabreo para subsistir, además, ya no tenemos que esforzarnos en ver las cosas positivas de la vida para ser felices, ya no es necesario que seamos capaces de apreciar todo lo bueno que hay a nuestro alrededor, porque cuando queramos ser felices, cuando necesitemos un paréntesis en nuestra cotidiana, programada y absurda hecatombe, bastará con tomarnos unos días de asueto y salir de la rutina marchándonos de vacaciones.


@anamto22

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