El Molino del Batán

DE MURCIA AL CIELO. Por Carmen Celdrán.

A las afueras de Murcia, a unos pocos pasos del barrio de la Flota, languidece, abandonado y, lo que es peor, olvidado, el viejo molino del batán. Junto al molino, cuyo origen puede datarse en el siglo XV, se encuentran los restos -apenas cimientos- de una torre musulmana del siglo XII. Junto a él, un puente de dos ojos que procede del siglo XVIII, anegado de basura, maleza y barro.

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Un batán es una máquina destinada a apelmazar los tejidos, haciéndolos más tupidos. Con ellos se creaban las “mantas abatanadas”, que poblaron nuestro paisaje desde el siglo XII hasta el siglo XX. Se trata de una ingeniosa máquina que, por la fuerza de un curso de agua, acciona unos enormes martillos -batanes- que golpeaban la ropa repetidamente, hasta compactarla. El Molino del Batán usaba, como fuente de energía, la corriente del Azarbe Mayor del norte, siendo por tanto un molino hidráulico.

resized_IMG_8316El Molino (y la torre) fue declarado Bien de Interés Cultural por la Comunidad Autónoma de Murcia. Pero, como tantos otros, tal reconocimiento no ha servido para que se detenga su deterioro, ni para que se cuide su entorno, ni tan siquiera para que se señalice su presencia. Probablemente el peor daño que podemos causar a nuestro patrimonio sea precisamente su desconocimiento. Todos los días pasan junto a los restos miles de personas sin advertir ni conocer que junto a ellos se encuentran construcciones que un día fueron importantes para las gentes que vivían aquí y que trabajaron y lucharon para que Murcia fuera lo que es hoy.

Porque molino, torre y puente son testigos de un modo de vida, de una cultura y de una economía que los murcianos deberíamos conocer y cuidar como un tesoro. Nuestros antepasados hicieron de la vega del Segura, que sería probablemente una ciénaga, una de las zonas agrícolas más productivas del mundo, haciendo posible la construcción de la ciudad y su comarca.

El origen de la Huerta de Murcia es incierto (como incierto es también el origen del nombre de Murcia y muchos otros topónimos de la zona), pero algunos investigadores afirman que la transformación de la vega del Segura es anterior a la dominación musulmana. En cualquier caso, es una colosal obra de ingeniería que provocó una radical transformación del paisaje y del territorio, permitiendo el desarrollo de un concreto modelo económico y social. La canalización de las aguas del Segura permitió, por un lado, desecar amplias zonas ribereñas y por otro garantizar el aporte de agua a tierras más alejadas del río, todo ello limitando -parcialmente- el anegamiento de las zonas de cultivo en los frecuentes casos de lluvias copiosas. De no haberse regulado el cauce del Segura mediante el sistema de acequias, la ciudad de Murcia nunca habría existido.

El punto de partida de este ingenioso sistema es “la contraparada”. Aprovechando una garganta en la que el río queda encajonado entre masas de piedra, los antiguos construyeron una barrera artificial (el azud mayor) lo que provoca el embalsamiento del agua y el incremento del nivel del río. A ambos lados del río recrecido se construyeron sendas acequias (Aljufia y Alquibla) que, corriendo paralelas al río, aportan agua, a través de sus ramificaciones. Por otro lado, como los huertos son regados “a manta” por el agua de las acequias, se construyeron canales (azarbes) que recogen el agua sobrante reconduciéndola al río para que sea de nuevo aprovechada. Un sistema de “arterias” y “venas” que recuerda sorprendentemente a la circulación sanguínea.

Todo este peculiar y antiquísimo sistema de ingeniería, que hoy prácticamente está desaparecido por el urbanismo y por el entubamiento de las acequias, constituye un gran tesoro turístico y cultural para los murcianos, que necesita ser puesto en valor. Edificios como el molino del batán y su entorno podrían ser puntos clave para la recuperación de un paisaje que pertenece a todos los murcianos.

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CARMEN CELDRAN

@carmenceldran

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