EL LEÓN VIEJO

HISTORIAS DE UN SOLTERO DESENCANTADO. Por José Antonio Martínez-Abarca.

En alguna parte leí que la edad de la máxima felicidad en los hombres es la vejez. Que a ello contribuye no sólo la experiencia, el saber detectar las cosas importantes de las que no lo son. También ayuda a esa felicidad, de forma decisiva, la disminución de los niveles de la hormona testosterona, fuente de innúmeros disgustos para el varón. La testosterona, es indiscutible, están en el origen de la perdición de tantos y tantos hombres. Ya se lo escribió Lord Chesterfield a su hijo, refiriéndose al sexo: “el coste es exorbitante”. La disminución de la testosterona con la edad ayuda a contemplar las cosas -y los seres, a menudo unos que suelen llevar falda- si no con equidad, al menos con más indiferencia. No hay que menospreciar el gran papel de la indiferencia en la consecución de la paz interior, esa única felicidad más o menos continuada y modesta que le está permitida al ser humano.

-¿Entonces no es que ahora seas más sabio y maduro, sino que simplemente eres más indiferente? -me preguntan las chicas.
-Exacto, no es que no me gustes, querida, de hecho me gustas mucho, pero ya sabes que llega un momento en la vida en que sólo se da una dentellada si la víctima se mete ella solita entre los dientes…

La disminución de la testosterona ayuda, no a tomarse las cosas de otra forma, sino más bien a no tomárselas de ninguna. Su ausencia está directamente relacionada con el pasotismo masculino. Eso nos lleva a una conclusión inquietante, de la que se habla poco, como si fuese un secreto vergonzante: los hombres aumentan en felicidad conforme se van feminizando.

LA DISMINUCIÓN DE LA TESTOSTERONA AYUDA, NO A TOMARSE LAS COSAS DE OTRA FORMA, SINO MÁS BIEN A NO TOMÁRSELAS DE NINGUNA

Sí, señores. El hombre con la edad va adquiriendo algo de mujer. De ahí que haya una porción de hombres bastante importante que en su vejez parecen hasta físicamente viejas. Se les cae el pelo del cuerpo, los lóbulos de las orejas parece que hubiesen llevado pesados pendientes toda la vida, se aflauta la voz, les sale pecho, etc. Eso le ocurrió al escritor Gonzalo Torrente Ballester, que de arriscado falangista viril en su juventud llegó en su ancianidad a parecer “una vieja galaica”, como lo definió con bastante exactitud su colega Francisco Umbral. Para decirlo en pocas palabras, este fenómeno en el hombre, su progresiva feminización gracias a la disminución hormonal, es una especie de secreto social del que no se habla, aunque sea evidente incluso a simple vista. El escritor catalán Pla lo describía con una admirable concisión del tipo “Imserso”: “del autobús se bajaron viejas de ambos sexos”. Pla tenía la acertada teoría de que, sobre todo en provincias, y en las clases adineradas, los señores llegaba un momento en que se convertían en “señoronas y nada más que señoronas”. En sí mismo no es malo para el hombre. Todo sea por adquirir algo de paz masculina, es decir -como hemos dicho- de felicidad modesta y terrenal.

CON LA EDAD UNO SE VUELVE MÁS IRRITABLE PORQUE NOTA QUE YA NO LLEGA DONDE LLEGABA, QUE NI LAS ENERGÍAS NI LAS HABILIDADES (NI LA MEMORIA, NI NADA) SON LAS MISMAS

Pero, como todo, existe aquí una ambivalencia, y esta disminución de la testosterona en el hombre con la edad también tiene otro efecto, menos positivo. Toda cara tiene su envés. El aumento claro de la irritabilidad. Por un lado la disminución de la “masculinidad” da cierta paz espiritual directamente derivada de la indiferencia y por otro, aunque parezca contradictorio, hace al hombre mayor más irritable. Con la edad uno se vuelve más irritable porque nota que ya no llega donde llegaba, que ni las energías ni las habilidades (ni la memoria, ni nada) son las mismas. Se da al alcohol, para suplir esa energía perdida. Pero pronto se advierte que el alcohol es un vapor fugitivo que no suple nada. La consiguiente frustración, al tomar conciencia de la realidad, hace al hombre más huraño y gruñón. Y, no pocas veces, más agresivo. La agresividad del león viejo.

Con la edad me he vuelto más huraño y gruñón, más de lo que ya lo era en mi juventud (bastante más que el común). Las malas pulgas picajosas que pululan por mi cuerpo han aumentado su población en proporción geométrica. El león viejo lleno de cicatrices y lecciones olvidadas parece dormido todo el día. De hecho, está realmente dormido todo el día. Pasa de todo, incluso de los animalitos que le molestan en su lento y soleado discurrir hacia la plácida muerte. Pero en un momento reúne toda aquella energía que no tiene -toda aquella perdida testosterona, incluso- suelta la zarpa como sin querer y se terminó la tontería a su alrededor. El animal viejo es el más peligroso. No actúa nunca, porque no suele encontrar un porqué, ya que la experiencia le dice que en la inmensa mayoría de ocasiones no hay por qué moverse. Sin embargo, cuando encuentra un por qué, ya nada le para, ni los convencionalismos ni la piedad. Sobre todo si ha sido herido. Si bien se mira, es una reacción muy femenina.

También ocurre en el animal humano. Noto que ocurre conmigo. A veces me asusto de mis pensamientos. Noto que conforme van pasando los años las barreras que teníamos cuando éramos jóvenes van cayendo, que casi todo va importando menos, excepto las poquísimas cosas que importan mucho más. Que casi nada podría sacarme del sopor, de la indiferencia, del “laissez passer”, pero… Pero. Cuidado con el animal viejo y herido. No tiene ganas de jugar con nada ni con nadie. Ya no se mueve, duerme, puede incluso que esté muerto, pero te alcanzará donde te escondas. Los hombres con la edad y las cicatrices nos volvemos algo gruñones. Mejor no traspasar la verja.


José A. Martínez-Abarca

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