El hombre que tenía mil caras pero sólo dos voces

LA CARA B, por Antonio Rentero

“Supongo que si un disco tiene dos caras en mi caso no habría una única cara B. Debo ser como esos dados multifacetados de los juegos de rol que tienen doce, veinte, treinta caras… A mi chica le sorprendió descubrir no ya que mi voz suena distinta al hablar que cuando canto en la ducha (todos sonamos diferentes al hablar y al cantar), sino que cuando edito una canción (en la que además me encargo de la guitarra, el bajo, el teclado, la batería…) mi voz llega a sonar como la de otra persona.

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Últimamente he mejorado en lo de tocar la guitarra, mejoro poco a poco, voy controlando, sé hacer mis trampas, todo el mundo lo hace (no hablemos ya de los profesionales), pero con la guitarra es por diversión y por mejorar físicamente el tono muscular en mi hombro y paliar los dolores que he tenido en el mismo. Diversión y “fisiomusiterapia·”, pero mi instrumento es la voz.

Como siempre hay un roto para un descosido he encontrado un software muy curioso, Dehumaniser, que te permite convertir tu voz en la de cualquier animal de una base de datos inmensa. La imaginación es el límite, aunque el ordenador no sabe lo que mola o no, sólo sabe calcular estadística y ofrecerte el resultado armónico, pero eres tú quien debe decidir si suena bien o no.

Canto desde mi adolescencia. Como muchos otros empecé ensayando con los amigos y cantando por diversión pero también llegué a actuar en múltiples ocasiones. A veces descubres que eres bueno en esta mierda e incluso ganas dinero. A mi no me ha dado para grandes dispendios. Como pecado de juventud mola. Y se liga, que no te digan lo contrario. Mi primer grupo fue allá por el 93 y el último en 2005. Hubo en esa trayectoria momentos que afortunadamente no podrán ver las generaciones venideras, como aquel concierto en que se hundió el escenario bajo mis pies.

Vas probando con distintas formaciones porque cuando empiezas la música es muy promiscua (¿dije ya que cantando se liga?), hay gente que se sube al escenario con muy poca vergüenza y lo veo muy bien, pero en mi caso o no surgió tan pronto o por timidez no me veía sobre el escenario de forma que tardé en actuar. Y cuando llega ese día simplemente te subes y lo haces.

En los instantes previos estás demasiado atareado como para ponerte nervioso, no sé cómo será en un gran grupo de rock con camerino, en un grupo pobre media hora antes del concierto estas enchufando cables. En cualquier caso lo mejor que puede pasarte es equivocarte al principio, así te relajas. El problema es equivocarse a mitad del concierto. Ahí corres el riesgo de ir saltando entre fallos. Y contagiar a tus compañeros.

Mi primer concierto fue en la inauguración de un bar motero en la playa. Nuestro teclista se negó tajantemente a tocar y nos escondió las llaves del coche para que no volviésemos a casa borrachos, porque él no bebía nada y se escandalizaba ante nuestro disoluto comportamiento.

Yo tenía un concepto muy intenso de mi papel (recalco este término) de cantante, y un día salí muy maquillado al escenario. Había comprado material pirotécnico, forme con velas una perspectiva de líneas de fuga que forzaba el campo visual para hacer creer a los espectadores que el escenario era enorme y su fondo se perdía en la distancia. En aquella época cantaba en un grupo de rock progresivo, y la peculiaridad de dicho estilo es que los instrumentos suenan mucho y el cantante canta poco, así que tenía tiempo para pensar en mis cosas, pegarle fuego al escenario, hacer cucamonas… pero también para darme cuenta de que el público del parque donde actuábamos esa noche estaba a lo suyo y pasando de nosotros. Tras reflexionar acerca de mi papel sobre el escenario decidí abandonar la música.

Te subes y lo haces porque es un papel, dame un texto y hago lo que sea. Lo mío es puro teatro, por eso al final me pasé al cine. Pero esa es otra historia.

Me llamo Andrés Guevara y aunque pocos lo saben soy cantante de rock”.

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