EL FIN DEL MACHO ALFA

HISTORIAS DE UN SOLTERO DESENCANTADO. Por José Antonio Martínez-Abarca.

Hay un momento en la vida del soltero que cree que su misión en la vida es puramente zoológica. Aspirar a ser un macho alfa de manada, aunque, como naturalmente da mucha pereza tomarse el trabajo de intentar ser macho alfa, lo que quiere el soltero prototípico es llegar a esa situación de privilegio con las mujeres con alguna artimaña que no requiera pelearse con otros machos, ni competir con nadie, ni pasearse con un Ferrari rojo como hacen los chinos, que lo consideran una prolongación del falo. Hay otros medios para que las mujeres te crean “macho dominante”, al menos temporalmente. Sibilinamente. Todo lo sibilino con una mujer que puede llegar a ser un hombre, por supuesto, o sea, relativamente poco.

Ese equívoco no puede durar, claro, por aquello que decía sir Winston Churchill: “es posible engañar a algunos todo el tiempo, es posible engañar a todos algún tiempo, pero no es posible engañar a todos, todo el tiempo”. Muchas veces ni siquiera hay voluntad de engañar por parte del soltero, sólo de adaptarse a lo que la demanda social requiere. Con ciertas habilidades, todos hemos parecido en algún momento seguros de nosotros mismos, castigadores, que no lloramos, fuertes, poco tendentes a la emotividad en favor de la practicidad y la acción, y, en fin, la imagen misma de aquel viejo anuncio de colonia donde salía una chica rubia monísima rodeada de musulmanes peleando: “paseaba por la Casbah, cuando de repente me vi envuelta en un tumulto, hasta que apareciste tú, etc…” Lástima que la mayoría de nosotros no seamos así, en absoluto. O que seamos más bien lo contrario. Pero o en algún momento das esa imagen o te quedas de eterno “pagafantas”, de abonado permanente al más terrible insulto despreciativo que un varón puede recibir de una chica: “yo es que te veo como amigo” (nunca la palabra “amigo” cayó tan bajo y costó tan poco, hasta que se inventó esta diabólica frase: ni siquiera el amigo de “Facebook” vale menos).

-Yo es que te veo como amigo.
-Perdona, yo no te he hablado así de mal como para que empecemos ahora a injuriarnos…

El arquetipo del soltero siempre pasa por un período en que colecciona mujeres, bastante prolongado en algunos casos. O incluso totalmente prolongado: hay quien no cambia nunca y se va a la tumba así, normalmente con el pelo teñido color ala de cuervo y pantalones verde limón. Sin embargo, hay otras veces en que el soltero claudica. Se da cuenta que los grandes cambios mentales no son progresivos sino que acontecen en la vida sin darnos cuenta y de una noche para la siguiente mañana, de repente y sin saber por qué. O simplemente se cansa. Sea como fuere, ya no quiere ser macho alfa de ninguna manada. Ya no desea cubrir al mayor número de hembras posible, que sobre poco más o menos se supone, según las chicas, que es el lema que figura en el frontispicio de todo el género masculino desde la adolescencia hasta la fosa. Ya no quiere labrar muescas en su revólver, sólo por el placer de coleccionarlas. Ya se le descoyunta la quijada de tedio únicamente al pensar en presentarse de nuevo con un “hola, me llamo Fulano, y tú, ¿estudias o diseñas?”. Ya está acabado. Completamente acabado como macho de la especie. Ha accedido a la seriedad y a la fiabilidad con las mujeres. Ha dejado de ser estrictamente un varón humano y ha pasado a ser un sabio. Un sabio es aquello a lo que se mete un hombre cuando no puede ser otra cosa, cuando no puede hacer otra cosa, aparte de algunos pequeños placeres veniales. Como el significativo título de aquel libro dirigido a maduritos: “cuando sólo nos queda comer”.

El cineasta Luis Buñuel dejó de ser coleccionista a los ochenta años. Bajó un día a la calle, pasó junto a él una mujer despampanante, no sintió la necesidad imperiosa de volverse y dijo “the last famous words”: “por fin”. Por fin se había liberado de la esclavitud que supone hacer depender la vida de la mera atracción, de una simultánea querencia por todas que carcome las fuerzas y el tiempo. Hay quien dice el “por fin” mucho antes.

-Por fin.
-¿Cómo “por fin”? ¿Hemos llegado tú y yo a algún sitio?
-No, por fin no vamos a llegar a ninguno.

No es evidentemente una decisión consciente, ni voluntaria. No hay nada que esté en nuestra mano hacer respecto al instinto de cazador si no nos ha llegado a los solteros el hartazgo definitivo, el cansancio permanente o simplemente el cambio de ciclo de nuestra naturaleza. Ocurre, insisto, de una noche para la siguiente mañana. En un amén, Jesús. De pronto somos otros, y no hay nada que podamos tramar para volver a la situación en que estábamos hace unas pocas horas.

Y es entonces, justo entonces, cuando nos volvemos misteriosos para una cierta clase de chicas, impenetrables. El misterio es un elemento atrayente de primera calidad. Ese porcentaje de mujeres, atormentadas por la curiosidad, desea saber la razón de nuestra insoportable tibieza hacia ellas, nuestro pasotismo de ademanes y miradas, que ahora tratan de sorprender, sin éxito, en su escote. Ellas detectan, con razón, que no se debe a que hayan cambiado nuestros gustos sexuales, que no necesitan presentación. Pero no entienden del todo que sólo hay una razón de esa actitud: ese momento en que el veterano cazador deja de colocar trofeos en su pabellón porque le apetece más acariciar al perro junto a un buen fuego.


José A. Martínez-Abarca

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