DRÁCULA EN EL CASINO

CONTRA CASI TODO. Por José Antonio Martínez-Abarca.
Recuerdo el Real Casino de Murcia cuando era muy niño, poco después de que se filmasen en el crucero central las escenas para el «Drácula» de Jess Franco, el legendario, aunque tantas veces destartalado, director español. Mi padre me entraba a que lo contemplase, en nuestro habitual paseo. El Casino hacía de estación de tren de algún lugar de Transilvania. Demasiado lujoso para la Transilvania del siglo XIX, me temo. Incluso decenios antes de la ambiciosa restauración del edificio, cuando literalmente se caía a cachos en algunos lugares y tenía problemas y humedades de todo tipo. Al salir de la «estación» transilvanesca, cuyo significado latino es «a través del bosque», un carruaje recogía a los protagonistas en la puerta del… Teatro Romea, en una graciosa pirueta de localización. Siempre que he recorrido ese crucero del Casino he pensado en aquella película donde el papel central lo tenía, como no podía ser de otra manera, un bigotudo sir Cristopher Lee, a quien Dios tenga en su más respetado Infierno. Hasta he creído escuchar su larga zancada sobre las losas y su capa revolando detrás, aunque Lee nunca filmó escenas en el Casino de Murcia y tampoco, ay, lo conocí allí. Como sí lo hice con otros muchos actores, como un joven Javier Bardem, quien mucho tiempo antes de su explosión en Hollywood me pareció un desagradable prepotente que en un concurso mundial de prepotentes hubiese quedado solo segundo, por prepotente.

Esa «visión» del Casino dentro de mi fantasía lo hizo siempre un lugar mítico, a pesar de que aquella película, que se tuvo por la adaptación más fiel de la novela de Bram Stoker hasta aquella fecha de los recién iniciados años setenta, era tirando a malísima, aburrida, sin alma. Hay que ver lo que hace la memoria: no puedo dejar de entrar a ese edificio, traspasando sus puertas batientes al final de la escalera de entrada, sin recordar que la figura amenazante del Conde Drácula más mítico que han visto los tiempos, con sus dos metros de estatura y el porte aristocrático heredado de su madre, una noble italiana. Algo que nunca ocurrió. Pero la memoria siempre mejora lo que realmente pasó, convirtiendo así, para mí, el Real Casino de Murcia en el decorado perfecto para mis películas favoritas, que desde que nací han sido las de terror. Sólo por eso, el Casino ha sido un lugar de ensueño mítico, carne de mi carne, sangre de mi sangre. Un sitio misterioso y excitante lleno de recovecos por entonces, antes de la remodelación, bastante espectrales, como el Tocador de Sseñoras (¡sube solo si te atreves!), la sala de lectura o el salón de los espejos, donde, claro, nunca se reflejó la figura de ningún vampiro…

Aquel niño que era yo se fijaba en detalles morbosos, como que la estructura principal del edificio del Casino era, exactamente, la misma que la de una Iglesia, a la que sólo faltaba al fondo un altar donde hoy luce una espectacular escultura alada. Al andar entre sus mármoles siempre imaginaba encontrar por algún lado losas con inscripciones latinas donde estuvieran enterrados los restos de algún santo, o al menos algún obispo, o algún ser misterioso al que se debió encerrar bajo tierra, como en aquella catedral mexicana desde donde, según la leyenda, surgió una lamia infernal al retirar un sepulcro, en otras obras de rehabilitación.


El Casino, en su decadencia, era un lugar mágico, más allá de toda prosaica realidad, y no lo ha dejado de ser nunca en su esplendor


El Casino, en su decadencia, era un lugar mágico, más allá de toda prosaica realidad, y no lo ha dejado de ser nunca en su esplendor. Un sitio que ocultaba secretos que sólo estaban en mi mente, aunque hoy la claridad inunda el edificio a través de sus claraboyas, los turistas extranjeros lo visitan, todo luce en su elegancia, las señoras se aventuran sin sobrecogerse y hasta hay ramos de flores habituales para dar el toque «chic». En mis visitas al Casino me suelo parar justo en el punto donde los brazos de la estructura en forma de cruz se unen. Y entonces aún creo escuchar, reverberando entre mis primeras impresiones de la vida, el taconeo de una altísima figura negra que me da la bienvenida a su castillo, y que me dice: «yo nunca bebo… vino».


José A. Martínez-Abarca.

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