CONTRA SER HOMBRE

HISTORIAS DE UN SOLTERO DESENCANTADO. Por José Antonio Martínez-Abarca.
Ser hombre es un oficio que resulta bastante más duro de lo que creen las mujeres. Nadie es más simpático contigo aunque tengas un buen aspecto. Se supone que no puedes llorar y no tienes derecho alguno a tener sentimientos. Los sentimientos, como dicen todos esos best sellers de las mesas de novedades de las librerías, son por definición cosa de mujeres. Donde hay un libro que habla de sentimientos, o lo ha escrito una mujer, o se dirige a lectoras, o ambas cosas. Ser sensible se considera entre hombres siempre sensiblero, y por supuesto es absolutamente incierto que las mujeres aprecien en exceso la sensibilidad en los hombres. Les suele parecer poco viril, y desde luego nunca tienen fantasías con un hombre sensible. Pero lo peor de ser hombre está en nuestra propia naturaleza. Venimos con una avería de fábrica. No interpretamos nunca bien el lenguaje de las mujeres, que nunca suele ser explícito. Los hombres sólo servimos para lo explícito, y así nos va.


SER SENSIBLE SE CONSIDERA ENTRE HOMBRES SIEMPRE SENSIBLERO Y ES INCIERTO QUE LAS MUJERES APRECIEN EN EXCESO LA SENSIBILIDAD EN LOS HOMBRES


-Querida, te contaré algo. He amado con toda mi alma a Laura, como dice una cursi canción. Más incondicionalmente de lo que nadie lo hace en esta época, créeme. Sí, ya sé que hablar de eso del alma no se lleva, en estos tiempos de las tropecientas mil sombras de Grey. Pero no te voy a hablar de ese asunto. El caso es que teníamos nuestras naturales dificultades de la convivencia. Una convivencia que por lo general era perfecta. Sin embargo, a veces ella expresaba su malestar de mil formas, aunque no de manera lo bastante explícita o conectada con lo que la irritaba en concreto como para que yo, como hombre, me diese por enterado. El hombre es tremendamente primario en la interpretación del lenguaje femenino. Aún cree que “no” en una mujer significa “no”, imagínate… El caso es que ella sentía que le faltaban cosas fundamentales, complicidad, chispa, diversión… Lo hacía saber con señales.

-Ya entiendo, querido. Me estás diciendo que te perdiste en las incontables sutilezas de los pequeños gestos femeninos, en su lenguaje circunloquial, en las piedrecitas que iba dejando en el camino a ver si alguna vez las vislumbrabas, a su ahorro de exponerte lo que pasaría si el asunto seguía así… Y no lo hiciste. ¡Ay, los hombres, siempre tan obvios!

-Exacto, querida, no lo hice. Un hombre que tiene relación con una mujer siempre tiende a pensar con excesivo optimismo. Piensa que el hecho de que ella se eche en la cama e inmediatamente se vuelva del otro lado significa que tiene sueño, no que haya recibido alguna ofensa tuya durante ese día o la lleve arrastrando ya tiempo. Y, menos aún, que eso provocará que un día se vaya… Nos quedaremos estupefactos, con la mirada perdida, no entenderemos lo que ha pasado, que no nos lo hayan explicado de forma cuadriculada (y esto también vale para las personas cultas y complejas), que nunca dijeran que si no obtienen de la convivencia esto o lo otro, nos abandonarán con toda frialdad.

-Querido, es que no hay nada que más fastidie a una mujer que advertir que su lenguaje sutil de signos no han sido captados por el hombre que está con ella. Por eso ella se cerrará en banda a tener una charla abierta, porque considera que ya ha dicho las cosas de otra manera… Ese es el origen del desastre de las relaciones entre hombres y mujeres. No que los hombres no sepamos escuchar a las mujeres, algo que es una estupidez que ha hecho fortuna. Lo que no sabemos es interpretar según qué signos, el lenguaje no directo. No pocas veces, el mismo lenguaje tiene distintos significados según el sexo del que lo habla.


ESE ES EL ORIGEN DEL DESASTRE DE LAS RELACIONES ENTRE HOMBRES Y MUJERES.  NO SABEMOS INTERPRETAR SEGÚN QUÉ SIGNOS, EL LENGUAJE NO DIRECTO


-A mí, querida, ya tal vez me llegue tarde. Pero pienso que esforzarse en la creación de un lenguaje común entre sexos sería muy útil para futuros naufragios de parejas, que se podrían evitar fácilmente. Parejas que tenían en las manos algo verdaderamente grande. No soy una persona solidaria, ya me conoces. Pero cada vez que alguien me cuenta el Infierno sentimental en el que habita por una ruptura se me queda el corazón como una ciruela pasa, sin conocer de nada a esa persona. Siento lo que ella siente. Porque nadie que sepa lo que es el Infierno absoluto de la ausencia de la mujer definitiva lo olvida. Y todos los que están ahí (esperando en el Infierno, como en el cuento corto de Gómez de la Serna, que sólo hayan sido “condenados a toda la eternidad menos un día”, un día serán felices), somos hermanos para siempre.


José A. Martínez-Abarca.

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