CHEJOV ME JODIÓ LA VIDA

HISTORIAS DE UN SOLTERO DESENCANTADO. Por José Antonio Martínez-Abarca.
Un autor francés, no importa ahora cuál, escribió que lo mal que le había ido en la vida con las mujeres se debía a la lectura romántica, cuando era adolescente, de «Graziella», de Lamartine. Decía que buscó en la vida cosas que no estaban en la vida: chicas idealizadas que actuaban por ideales, como en Lamartin. Puras de alma. Mientras, la vida real iba por otro lado, y el autor se la perdió entera, en la fracción o tramo que más marca. Por puras de alma que fueran (y en la juventud normalmente se es mucho, por eso las jovencitas dicen que los maduritos tienen la mirada sucia), en la vida real las chicas reales eran prácticas y despiertas, y lo que querían era que este adolescente que luego sería un importante autor francés les echase un polvo ya de momento.

Esa idea le repugnaba, por el concepto del romanticismo libresco que tenía este autor, debido a sus bonitas lecturas. Las bonitas lecturas de adolescente son peligrosísimas y, en efecto, te taran para siempre. Porque, en el fondo, no se puede escapar de ellas. Uno puede escapar de una educación religiosa, pero nunca de una educación sentimental. No puedo decir que no me ocurriera lo mismo que a este autor, aunque no con «Graziella». De adolescente me vi profundamente influenciado por las mujeres que salen en los cuentos de Maupassant, en mis días más removidos, y, en mis días más místicos, de Chejov. Nunca he podido superar a esas mujeres. Creo que toda mi vida ha sido una expedición por lugares desconocidos del alma, en su eterna búsqueda. He pasado hambre y he pasado frío. Y he muerto y he resucitado, aunque convertido en otra cosa. Alguna vez creí avistar algún ejemplar de esa especie de chica puramente imaginaria, aunque en su tiempo pasaron por descripciones «naturalistas», tomadas del natural sin inventarse nada (¡ja!).


Uno puede escapar de una educación religiosa, pero nunca de una educación sentimental


-Querido, debo decirte que me acabas de sorprender. Supongo que eso es algo bueno, porque dicen que una mujer lo que quiere es que la sorprendan, ¿no? Nunca hubiese sospechado que haya hombres que se paren en idealismos y no aprovechen, por encima de cualquier otra consideración, los polvos que les vienen. Te recuerdo, querido, que tú eres el mismo que dice que prefiere que lo deseen a que lo quieran, y que la primera característica que pides en una chica es que sea muy morbosa, cosa que no tiene por qué circunscribirse a la cama. Son palabras tuyas.

-Ah, querida, tienes razón. Siempre he vivido en esa contradicción que aún me atormenta, si bien la edad hace que a veces sienta como distancia, como que la tormenta le está ocurriendo a otro. Te voy a explicar, si me permites. Al no encontrar por ninguna parte chicas idealizadas que sólo estaban en los libros, o al disiparse naturalmente esa idealización al cabo de un tiempo, tuve una reacción muy típica de todo ser humano: me pasé al otro lado y caminé -relativamente- por el lado salvaje, durante algunos años. No tengo que aclararte, querida, que la decepción y la melancolía fueron equivalentes a no encontrar aquellas chicas elegantes y pícaras de los grandes salones parisinos, o aquellas Olenkas o aquellas damas del perrito de Chejov, a pesar de que en el lado vulgar y hasta pringoso, de la satisfacción de los instintos, sí existía gente real y mensurable. Sí, existe de verdad. Eso llega a dar un poco de asco, al final.

-¿Asco? Para darte asco menuda fama tienes, querido. Afortunadamente, ya sabes que nunca he hecho mucho caso a lo que se habla. Saco mis propias conclusiones. Y te creo, sin que sirva de precedente, porque muchas veces tú mismo, cuando no te das cuenta y te observo, me pareces salido de uno de esos libros «naturalistas», que en realidad eran románticos. Un ser extraño e imposible, en todos los sentidos, también el de tu carácter, ja, ja…


Al no encontrar por ninguna parte chicas idealizadas que sólo estaban en los libros, me pasé al otro lado y caminé por el lado salvaje


-Gracias, querida, también por lo que dices de mi carácter, porque nunca he podido soportar a los simpáticos profesionales. Detrás de todo simpático profesional se esconde alguien sin escrúpulos. Hablábamos de mis taras sentimentaloides. Verás, no arregló nada las cosas la lectura insistente de otros libros, como los poemas y las cartas de Poe. Todas aquellas mujeres de piel azulada que esperaban pacientes la llegada del amado, aunque fuese bajo una lápida. Creo que viene desde entonces mi intuición de que el amor y la muerte son aproximadamente lo mismo. Todo aquello se convirtió en insalubre. Me metí en la bifurcación equivocada de la vida, qué puedo decir. Es un sendero que se aleja cada vez más del correcto, como suele pasar con tantas elecciones decisivas, y acaba en una gran extensión de arenas movedizas.

-Te diría que te dejaras de imaginaciones y salieras a tomar el sol, querido, pero sé que detestas la luz excesiva desde hace tiempo y no te voy a torturar con ello. Si te sirve de consuelo, te acepto tal como eres, pero eso solo porque entre tú y yo no hay ninguna intención erótica, algo de lo más saludable…

En el fondo, o no tan en el fondo, nunca he olvidado a aquellas chicas de los libros. A veces, en la calle, creo ver una mirada fugaz, una gracia inadvertida que me devuelve en bucle a alguna página leída hace larguísimo tiempo. Sé que solo son ironías de la vida, a la que le gusta jugar con sus criaturas precisamente en lo que son más vulnerables. Pero es cuando más siento que perdí mi vida. «Por delicadeza», como escribió Rimbaud.


José A. Martínez-Abarca.

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