AQUELLA CANCIÓN

CICUTA CON ALMÍBAR. Por Ana María Tomás.

La canción hablaba de tristeza, de nostalgia, de abandono. Decía que peor que no ser amado o que sentir que ya no se ama era que todo eso no te importase nada. Contaba que la vida no perdona la claudicación en el amor. Pero aquella canción no explicaba cómo seguir luchando por el amor cuando todo está en contra, cuando la lejanía, la reclusión, los abismos que separan a los amates son insalvables. No decía que el amor se puede ir lentamente, como desangrándose el alma, o de una vez como con un golpe de mar. No ayudaba dando algún secreto conjuro para conseguir doblegar la voluntad de aquel que ha dejado de amar primero, ni tampoco daba pistas sobre cómo recomponer el corazón roto, claro, que, de darlas, tampoco servirían de mucho: el corazón no es un chorro de mercurio que pueda destrozarse y rehacerse sin dejar señal alguna.

Aquella canción hablaba de soledad en medio de mucha gente, de silencios dolorosos, de ojos que buscaban otros ojos que ya no volverían a encontrar porque se habían embarcado en la nave de la separación o en otros barcos con peor nombre: renuncia, desamor, traición, olvido.


Pero cómo estar triste cuando se ama hasta doler, hasta el vértigo, hasta la exhalación…


 

Pero cómo se puede olvidar…. cuando cada poro de la piel se obstina en devolver, a cada instante, el sudor robado al cuerpo amado y cuando los pulmones estallan del aliento retenido a la boca añorada, cuando piel, nervios, tendones, cerebro, sexo, sentidos… se confabulan para que cotice al alza el recuerdo: insistente, machacón, necio, esquirol del olvido, zancadilla y cuchillo.

Es posible que no haya lugar para el amor, es posible que sólo sobrevivan los amores que mueren, aquellos a los que se les debe matar por convencionalismos, intrigas, imposibles, incorrectos (¿incorrectos…?). Es posible que el amor se agote en sí mismo, que se gaste de usarlo, que destiña, que se rompa, que se quede hecho jirones por el camino, y que la única fórmula de petrificarlo en nuestro corazón sea dándole muerte en su plenitud.

Y es posible que sea por eso por lo que existen los boleros, o los tangos, o los fados, o las habaneras; tal vez hay composiciones que necesitan para crearse a sí mismas del dolor sin palabras de aquellos que aun heridos de muerte no piden ayuda porque saben que eso sería traicionar lo único que les queda ya del amor: el sabor callado y amargo del último beso, la aceptación a esa renuncia, del dulce dolor de saberse afortunado por haber vivido el amor, el regusto del silencio, porque el silencio es el más hablador de los cómplices del amor.

La canción hablaba de tristeza, pero cómo estar triste cuando se ama hasta doler, hasta el vértigo, hasta la exhalación… cuando el corazón bombea besos entre golpes de amor y tormentas de evocadas caricias… Y, sin embargo, aunque la canción no decía su nombre, se preguntó cómo había llegado a saber el compositor de aquella letra todo lo que ella había experimentado cuando supo que jamás volvería a tener entre sus brazos el cuerpo por el que vivía.


@anamto22

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *