Algunos hombres malos

CICUTA CON ALMÍBAR, Por Ana María Tomás

Si, por fortuna, la historia está poblada de hombres buenos que eligieron anteponer a sus intereses personales los del bien común y dedicar sus vidas a realizar grandes hazañas o no tan grandes pero que supusieron que el mundo mejorara en algún aspecto, también es verdad que en todo momento de luces siempre ha existido la sombra –o en la sombra– de algunos hombres malos. Y digo en la sombra porque no siempre son tan lenguaraces en público como lo ha sido, por ejemplo, en su campaña electoral Donald Trump. Al menos a los que son como él se los ve venir y da tiempo de ponerse en guardia y esquivar el golpe. O intentarlo. Sin embargo, hay otros cuya presencia en puestos relevantes de nuestra sociedad enmascara sus bajos fondos y sus más despreciables y viles actos. Es verdad que con la crisis han irrumpido unos cuantos a quienes la crisis no solo no ha arañado mínimamente sus negocios, sino que han tenido la habilidad de utilizarla en todas sus vertientes para arrojar lejos de sí a cuantos trabajadores pudieran resultarles molestos de una u otra manera; para explotar a otros nuevos: chicos jóvenes dispuestos a trabajar casi por la manutención; a negar de manera explícita y de malos modos las obligaciones, responsabilidades y pagos contraídos; y a no dudar, ni por un momento, en expulsar de sus dominios a cuantos hayan tenido la desgracia de caer perjudicados en alguno de los negocios del susodicho y se haya atrevido a llegar hasta él para reclamárselos. Y ahí, por experiencia propia, puedo asegurarles que no valen contemplaciones por ser mujer, llevar toda la razón, o ser la acreedora de recibir el dinero que se demanda. Eso sí, luego se ponen el traje y la corbata y no tienen pudor alguno en asistir a eventos y pasear sus copas por el rostro de los avasallados por su maltrato.

Cizaña entre trigo suele ser esta clase de tipejos. Se valen de la bondad de las personas que –confiando desde el principio en quien nunca debieron confiar– jamás exigieron un reconocimiento firmado de su deuda o aguantaron hasta el infinito y más allá, esperando que, cuando las supuestas circunstancias favorecieran en mayor grado a los deudores, les pagarían religiosamente el importe adeudado. Pero no. Porque la realidad siempre fue que la única crisis por la que atravesaron algunos de esos hombres malos en todo momento fue de valores y nunca económica. Ah, eso sí, fueron hábiles a la hora de subirse al caballo del lamento para desde ahí cabalgar a lomos de quienes los ayudaron a auparse y se fiaron de ellos.

Tal vez no les menguaron los caudales; quizá –para mayor escarnio– aumentaron sus ingresos. Puede. Pero perdieron –para siempre jamás– unos valores intangibles: el honor el respeto y la confianza de quienes fueron sus prójimos más próximos. Y eso, más temprano que tarde aflora a borbotones. Ya saben: «Lo que hoy no se sabe con dinero, mañana se sabe de balde». Y la mala fama, por fortuna, suele correr más que la buena. En tales casos, como solía decir mi sabia abuela: «Quien quiera crédito, que se lo gane». Pues eso.


ana maria tomas

@anamto22

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